Las personas nos movemos por modas, y en las empresas hacemos lo mismo. ¿La última? La industria 4.0. Todos hemos recibido un alud de artículos, conferencias, libros de nuevos gurús tecnológicos e invitaciones a foros de todo tipo. Si me permitís: nos hemos vuelto un poco locos.
Hace poco me llamó un jefe de fábrica al que conozco desde hace mucho tiempo y me dijo en confianza: “Estamos invirtiendo mucho dinero en la famosa 4.0: automatización de procesos, sistemas MES con inteligencia artificial, conectividad de sensores, máquinas y ERP, y gadgets por toda la fábrica para tener información precisa al instante. Lo tenemos todo, ¿pero sabes qué? No sabemos qué hacer con todo ello. ¿Y lo peor? Mi gente no parece contenta ni motivada, ¡con toda la inversión que hemos hecho!”.
Evolución tecnológica y comportamiento de la demanda
Fijémonos en la historia. Entre la primera y la segunda revolución industrial, Ford revolucionó el management con la verticalidad, la especialización del trabajo y la fabricación en serie. Entre la segunda y la tercera, gracias al TWI de la industria armamentística americana y al Toyota Production System, se introdujeron el JIT, el enfoque al flujo de valor y la mejora continua desde planta. Pero ¿qué hay entre la tercera y la cuarta?
Hay dos conceptos que coinciden en la historia: la evolución de la tecnología (máquina de vapor, electricidad, motor de combustión, internet…) y los cambios en el comportamiento del mercado (de más demanda que oferta a principios del siglo XX, a un equilibrio a finales de siglo, hasta la demanda personalizada con ejecución inmediata de hoy).
¿Sólo con tecnología estamos en la revolución 4.0?
No es posible: le falta el alma, y eso no es lo que hicimos en el pasado. Hoy los sistemas altamente estandarizados y basados en el control fallan ante conductas irregulares y caóticas de la demanda. Y los mismos sistemas de organización vertical desmotivan a nuestros trabajadores, y más aún a los millennials.
Hace falta un nuevo management dentro de una nueva estructura organizativa, y este proviene del Quick Response Manufacturing (QRM) y del Business Agility: estructuras planas, basadas en células y áreas enfocadas al cliente (y no al jefe), totalmente autogestionadas; entornos llenos de retos y no de reglas y órdenes que vienen de arriba; equipos que se responsabilizan de procesos completos, sin departamentos y prácticamente sin estructura. Estos entornos aseguran una implicación sin precedentes y una energía en el equipo con la que ningún gadget puede compararse.
Si realmente queremos apostar por este camino, debemos recorrerlo en los dos sentidos: entender y aplicar el cambio en el estilo de gestión, reorganizando la empresa para servir mejor al cliente, y evolucionar nuestra tecnología para conseguir realmente el efecto deseado.
Artículo publicado originalmente en LinkedIn.
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